Un ventarrón acaricia un frondoso cultivo de cannabis. Los chapulines saltan entre las hojas que Juan Cruz López inspecciona con sus manos huesudas; con una, captura a los insectos y con la otra, pellizca una que otra rama para multiplicar las flores.
Todo el Valle Central es zona productora de cannabis. Desde los setenta, ochenta y noventa los militares que venían a esta región no sólo venían por los productores, sino que hostigaban a los campesinos. Se gritaban de casa a casa ¡Allí vienen los soldados! La gente, por miedo, subía a los cerros no porque cultivaran, sino porque sabían que los militares golpeaban niños, adolescentes; violaban mujeres y se llevaban a los hombres o los inculpaban.
Hay historias de personas a quienes les dispararon, que aún tienen sus heridas. Los militares no sólo decomisaban, sino que vaciaban las casas, se llevaban los coches. Venían y se robaban las gallinas, los guajolotes, los animales de nuestras granjas. Todo ese hostigamiento estuvo presente hasta el año 2000.
–¿Se pueden resarcir los agravios?
–Que las comunidades originarias puedan tener el acceso a la producción de cannabis es una manera de remendar el daño que ya se le hizo a Oaxaca, que no se les permitió cultivar mezcal ni canabbis. No sólo vemos de esto una actividad económica rentable que pueda dar trabajo, también lo vemos como una manera de libertad para nuestro estilo de vida. Ahora que el mercado ha volteado a ver el tema, estamos peleando licencias de mil metros de producción para poder tener 2 mil 400 plantas por individuo. Los campesinos se proyectan ya con un cultivo.
–¿Es posible lograr la soberanía alimentaria?
–La nación teme darle la soberanía y la independencia a las comunidades para que puedan tener un cambio económico. No hay soberanía sin seguridad en el cultivo. Que nos garanticen que nadie nos va a extorsionar, que garanticen un mercado para nuestro producto y así nosotros garantizar que ese producto sea inocuo, orgánico y de alta calidad, que pueda ser viable para uso medicinal. Esta industria puede hacer que las comunidades originarias podamos tener una independencia financiera.
En medio de la sierra zapoteca, Daniel Ramírez López, ingeniero agrónomo, ha creado un binomio con la cannabis. En su laboratorio se adentra en el universo secreto de las plantas para entender más de los procesos de germinación, clonación, vegetación, floración, curado y extracción. Mide la temperatura y humedad como un meteorólogo; habla de genéticas y fertilizantes.
Daniel ha identificado al menos cinco variedades nativas de cannabis, que se han adaptado a los entornos ecológicos y usos humanos que hay en la región. “La principal se llama kwàn mnìdoo, que en zapoteco significa cannabis de cuenta larga, la tardona, una planta que resistió la etapa de la prohibición, una sativa pura que alcanza hasta los dos metros. Para que madure y floree requiere terminar el ciclo del año”, explica Ramírez.
Pionero en la agricultura canábica, ha identificado más variedades, como la pelirroja oaxaqueña, que tiene raíces africanas, al igual que la Panamá red o la punto rojo colombiana. La verde limón, resistente a la humedad tropical. La Oaxaca skunk, potente en THC. La púrpura oaxaqueña, caracterizada por sus taninos dulces.
Actualmente, junto con los campesinos de varias regiones, realiza una clasificación para poder hacer una descripción varietal. Basados en los estándares de la Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales –organización con sede en Ginebra–, intentan registrar las variedades locales ante la Secretaría de Agricultura.
“El proceso de prohibición hizo que algunas variedades se perdieran. Tenemos un acervo genético grande, pero ha sido prohibido y es difícil acceder a él”, asegura Ramírez.
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