Culiacán la violencia del narco

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Las paredes blancas hacen rebotar fuerte la luz del sol. El complejo habitacional luce desolado. En la planta baja, buscando sombra, un grupo de hombres y mujeres se remolina junto a una pick-up. Suben cosas: algunos colchones, cajas con ropa… lo que pueden.

“Hasta ahorita nos dejaron entrar”, advierte Waldina, vecina de la unidad habitacional conocida como Depas Clamont, donde Juan Carlos Sánchez Palacios, joven de 34 años, murió abatido por elementos de seguridad.

Juan Carlos es una de las 141 personas fallecidas al corte del lunes 30 de septiembre último durante la batalla emprendida entre las facciones del Cártel de Sinaloa: Los Chapitos contra Los Mayitos.

Esta guerra intestina ha dejado diversos impactos, como un número indeterminado de desaparecidos y la renuencia de madres y padres de familia a las clases presenciales de sus hijos, como exigencia obligatoria por parte de la Secretaría de Educación estatal, que prefiere optar por impartir en las aulas los cursos para reaccionar ante las balaceras.

Pero la muerte de Juan Carlos ha sido una consecuencia circunstancial, aunque el gobernador morenista Rubén Rocha Moya la ha presentado como parte del conflicto.

Waldina, vecina de Juan Carlos, no sabe si fue el Ejército o la Guardia Nacional, ya que al sitio acudieron ambas instituciones tras un llamado por un enfrentamiento entre civiles armados.

La refriega comenzó en Tierra Blanca alrededor de las 14 horas del sábado 21 de septiembre último y se extendió hasta la zona departamental, unos metros al poniente hacia la plaza Cuatro Ríos, zona exclusiva de Culiacán.

Una imagen del fotoperiodista Martín Urista ilustra una parte de la historia de esa tarde. Elementos de la Policía Estatal desalojan a una joven y a una bebé de brazos. Se trata de la esposa e hija de Juan Carlos, quien murió por disparos de arma de fuego al buscar huir de los efectos del gas lacrimógeno que la Guardia y el Ejército lanzaron para capturar a los agresores. El departamento de la víctima tiene más de cien disparos de arma de fuego y hasta de una granada.

“Era un buen vecino”, recuerda Waldina. A su vez, la mujer explica que ella volvió a nacer. Se encontraba haciendo tortillas en su domicilio cuando comenzó a escuchar el estruendo del fuego de las armas. Estaba sola, su hija se estaba fuera del departamento.

Con 57 años convalece previo a una operación y por eso no sale mucho de casa. Ese día, repite, volvió a nacer.

“Primero pasaron diciendo que no saliéramos, luego golpearon las puertas y pues yo me metí al clóset, no quería salir. Sólo daba gracias a Dios de que mi hija no estuviera ahí”, dice.

Durante todo el tiroteo la mujer duró encerrada en ese armario. Después de la tempestad, como no tenía a donde ir, se quedó varada en el edificio mientras los peritos de la Fiscalía General de la República (FGR) hacían sus diligencias.

INFORMACIÓN:PROCESO

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