En un cuarto caliente, entre el calor del horno y el clima de Puebla, María del Socorro continúa con el legado de su familia, la panadería. Un oficio que ella aprendió y del que ahora se siente orgullosa.
Desde hace más de 10 años, ser panadera la ha llevado a desarrollar acciones y actitudes que en su momento no consideraba. Socorro aprendió el oficio de la panadería gracias a su esposo y su suegro, mismos que por muchos años se han desempañado de esta manera.
Al inicio, el reto fue complicado, pues había que aprender muchas cosas. Desde las cantidades, el punto de la masa, la cocción y hasta decoración.
Sin embargo, con apoyo de su pareja poco a poco comenzó a aprender, empezó a identificar la técnica de elaboración, el arreglo de cada pieza, el punto de cocción y la presentación.
Aunque en este lapso, hubo algo que complicaba más aún su aprendizaje, pues le tocó aguantar la sensación de ensuciarse las manos al revolver las masas, con ello, el efecto pegajoso que quedaba entre ellas.
Pero poco a poco se fue deshaciendo del “esto no es lo mío” que se creaba en su cabeza y fue adentrándose más y más. Ahora, con base al tiempo, considera que es un oficio honrable, honesto y muy bonito del cual se siente orgullosa.
A sus 48 años continua a cargo del negocio que da sustento a sus tres hijos, la panadería no solo con piezas dulces, sino con tortas, pizzas, pasteles y pan de temporada. Y que, gracias al ambiente, ha hecho que su hijo se dedique de lleno y una de sus hijas tenga intención de aprender sobre la elaboración de pasteles y la repostería.
Con base a ello asegura que, las mujeres pueden tener muchos obstáculos por la vida, pero todo empleo es bonito sabiéndolo trabajar y valorar. Las mujeres no se deben juzgar por lo que hacen, si les gusta y disfrutan.





