Lucía Zegarra Ballón tiene 25 años y es psicóloga clínica formada en trauma: trabaja como asistente de víctimas de abusos y estudia la psiquis de sus perpetradores
Unos anteojos de marcos gruesos y transparentes cubren gran parte de su rostro. Su pelo es corto y enrulado. Usa collar, aros y pulseras. Luce un top de tono marrón debajo de una camisa multicolor de manga corta, unas calzas oscuras que solo cubren sus muslos, una riñonera con varios pines y unas sandalias beige. Está sentada en un banco de madera sin respaldo. Su testimonio es el último. Ya habían contado quiénes eran y qué hacían ahí una persona no binaria, un agnóstico, una víctima de abuso sexual en un colegio religioso, una catequista a favor del aborto, una madre que vende contenido para adultos en plataformas digitales, un migrante senegalés, una migrante ecuatoriana, una estudiante estadounidense de raíces indias, una adolescente devota del cristianismo. Le toca el turno a ella. “Soy Lucía, tengo 25 años y soy de Perú”, anuncia.
Lo que prioriza después de decir su nombre, su edad y su nacionalidad es información susceptible al escenario, obedece al contexto. Cuenta que antes vestía hábito. Repite un verbo en pasado: “Fui monja, fui católica, fui creyente”. Se lo está diciendo al máximo referente del catolicismo. A menos de cuatro metros, el papa Francisco la escucha atenta. Es un relato disimulando una catarsis. “Mi fe nació desde el amor, desde la honestidad, desde una búsqueda muy sincera hacia dios y hacia las personas”, le cuenta. La descarga esconde un descontento y escala: “Ya no soy católica, ya no soy creyente, no sé qué existe, no sé que no existe. Y estoy más tranquila, me siento más feliz”.
Reconoce no haber meditado el quid de la pregunta. Surgió de manera fácil, espontánea y natural, y no se lo cuestionó: “El amor siempre ha sido y seguirá siendo lo central en mi vida, es lo más revolucionario y sanador que tenemos y a la vez lo más tergiversado por algunos grupos de poder. Tenía que preguntarle por eso, porque uno de esos grupos de poder ha sido la iglesia católica”. La respuesta, sin embargo, no la dejó satisfecha: “No contestó mis preguntas. Las evadió todas y cuando mencioné el abuso que había vivido, lo trató con la ligereza de siempre: individualizando el caso, romantizando la posibilidad de haber salvado mi vida y no haciéndose responsable de nada. Como si él no pudiese tomar decisiones radicales para evitar ese tipo de situaciones”.
Después de haber denunciado públicamente el abuso y el aislamiento forzado de una institución religiosa en Perú -no la nombra por autopreservación-, no solo ningún representante de la congregación se contactó con ella para, eventualmente, disculparse sino que fue foco de amedrentamientos: “De mí han dicho que estoy loca, que cargo con muchos odios, que no me he hecho cargo de mis dolores, que estoy resentida. Es el mismo discurso de los hombres denunciados, y la impunidad es norma”.
A otras mujeres como ella les aconseja que la primera responsabilidad que tienen es consigo mismas. Habla de permisos y derechos: “Permitirse ocupar espacio, material, emocional o del tipo que sea. Que tienen derecho a disfrutar, a ser libres en cada decisión que van tomando. Y que también tienen derecho a meter la pata, que por lo general no es para tanto. Que no están solas y que construir comunidad es una posibilidad hermosa”. Guarda una salvedad y una recomendación para el final: “Importantísimo: revisen su privilegio siempre. Si corresponde, asumir y reparar tangiblemente. Y, finalmente, de ser posible, vayan a terapia”.
INFORMACIÓN: INFOBAE


